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148. La Industria y la Salud: El origen de las Pandemias

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148. La Industria y la Salud: El origen de las Pandemias
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Introducción

La industria y la salud no están naturalmente relacionadas. Mas en los últimos dos siglos han habido ciertas intervenciones que las han vinculado estrechamente.

Hoy empezaremos a establecer el marco cognitivo que nos permita entender la información que va a venir después y que, además, nos permitirá adentrarnos en una comprensión mucho más amplia de la situación actual y asimilar tramas mucho más complejas, de las que hablaremos más adelante.

Porque me doy cuenta de que con un sólo programa no vamos a tener suficiente para abarcar la magnitud de este vinculo, así que en este primer episodio voy a dar un repaso a algo de lo acontecido en la historia del siglo XIX. Y voy a tener que re-contártela, abarcando aspectos que posiblemente nunca antes habías conocido.

 Voy a contarte una historia verdadera, aunque espeluznante.

La información que te transmito en este episodio la puedes encontrar casi íntegra en el libro “Desvaneciendo ilusiones” de Suzanne Humphries, MD y Roman Bystrianyk.

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Y si no quieres comprarlo, o puedes descargar desde este enlace.

 

El cambio de vida en el Siglo XIX

Empecemos por el siglo diecinueve, que tiene todas las características de haber sido un siglo fatídico para la humanidad. Uno de los acontecimientos que marcaron este siglo y definieron la trayectoria que seguiría nuestra historia hasta vivir la distopía que estamos viviendo ahora fue la imposición de la industrialización.

Aunque a través de los medios de desinformación la versión histórica que nos llega sobre este siglo sea la de una sociedad elegante, plagada de grandes inventores, científicos y mecenas altruistas, que propició grandes avances para la humanidad, muy poco de lo que sucedió entonces tiene ese tinte. Ni era así de romántica para los que vivieron ese momento, ni lo ha sido la promesa hecha para tiempos futuros.

Veamos:

La forma de vida rural y comunitaria que se estableció después del imperio romano y perduró durante toda la edad media -historia no relatada por los medios de adoctrinamiento públicos- fue aniquilada mediante la imposición de las llamadas desamortizaciones,  que forzaban a la gente a abandonar sus aldeas y su forma de vida —Las desamortizaciones, no son más que robos, perpetrados por el estado, de las propiedades que por común acuerdo eran comunes (es decir, propiedades consideradas por todos de todos y para todos)—. Este fue el método usado para expulsar a los aldeanos de sus tierras y sus industrias, es decir de su sustento. Les arrebataron su forma de vida, para forzarlos, deliberadamente, a ir a las ciudades, donde la actividad industrial era incipiente, para ser esclavizados, sin importar edad ni condición, con el único propósito para ellos de sobrevivir y, más allá de ellos mismos, de servir a un plan que desde la perspectiva actual podemos ver con mayor claridad.

 

Sub-Condiciones para la sub-pervivencia

¡Por no decir infra-condiciones!

Verás:

El problema es que las ciudades a las que llegaban no fueron dotadas de la infraestructura necesaria para acogerles.

Interesante cómo lo explican Suzanne Humphries, MD y Roman Bystrianyk en su fantástico libro:

Imaginemos un mundo en que se trabajaba sin condiciones sanitarias, seguridad ni unas mínimas leyes laborales y salariales. El XIX fue un siglo en que las personas dedicaban entre 12 y 16 horas diarias al trabajo más tedioso. Imaginemos bandas de chiquillos vagabundeando por las calles y sin nadie que les controlara, porque sus padres trabajaban larguísimas jornadas. Los niños también se empleaban en trabajos deprimentes y peligrosos. Imaginemos Nueva York rodeada, no de zonas residenciales, sino de anillos de vertederos llameantes y barrios de chabolas. Ciudades en cuyas calles eran habituales los cerdos, perros, caballos y sus desechos. En todo el mundo proliferaban muchas enfermedades infecciosas, sobre todo en las grandes ciudades. No es esta una descripción del Tercer Mundo, sino de cómo era una gran parte de Estados Unidos y otros países occidentales.

La historia documentada de la civilización occidental describe una lucha cruda e interminable contra la enfermedad y la muerte, una mortalidad infantil trágicamente alta, y la muerte prematura de los adultos jóvenes. Epidemias mortales atacaban a las comunidades impotentes casi con la misma frecuencia con que llegaban el verano y el invierno, y cada pocos años se repetían grandes catástrofes. En la Inglaterra victoriana, la edad media de muerte entre los pobres urbanos eran los 15 o 16 años.

Durante el siglo XIX, la cantidad de fábricas aumentó a la par que la población, y la consecuencia fue una avalancha de personas que huían del campo a las ciudades en busca de trabajo [porque quienes tenían interés en especular con los recursos de la tierra, llevaron a cabo una cruzada contra la forma de vida rural]. La población de la ciudad de Londres se multiplicó casi por nueve en esos años. La industrialización incrementó los peligros para la salud debido al enorme crecimiento paralelo de las ciudades.

Las viviendas no podían dar cobijo a toda aquella gran población, y el resultado fueron el hacinamiento y la acumulación de desechos humanos y animales. En algunos casos, edificios grandes, construidos originariamente como fábricas de cerveza o refinerías de azúcar, se dividieron después en numerosas dependencias pequeñas y oscuras para que en ellas vivieran las familias.

Estas condiciones contribuyeron a unos elevados índices de enfermedad y mortalidad.

“El hedor de los «sótanos nauseabundos» con su «infernal sistema de alcantarillado» envenenaba irremediablemente hasta a los ocupantes de la quinta planta… las hondas rodadas del carro mortuorio y la ambulancia llegaban hasta la puerta, porque los ocupantes morían como moscas en todas las estaciones del año, y una décima parte de su población estaba siempre en el hospital.”

Jacob A. Riis, The Battle with the Slum, Macmillan,
Nueva York, 1902, pp. 23-25.

En las insalubres ciudades empezaron a formarse comercios que generaban todo tipo de residuos, empeorando el ambiente:

Calles angostas y tortuosas, la falta de adecuadas alcantarillas y ventilación, la ausencia de previsión y planificación de espacios abiertos para recreo de las personas, la permisión de entierros intramuros y de instalaciones fétidas, como mataderos y fábricas que generan olores repulsivos, han convertido las ciudades en recintos pestilentes, y hacen que las palabras de Jefferson —«Las grandes ciudades son grandes llagas»— sigan siendo verdad en el sentido más literal y angustioso.

Henry W. Bellows, «Cities and Parks: With Special Reference to the New York Central Park», Atlantic Monthly, vol. VII, abril 1861, p. 416.

No había agua corriente ni sanitarios. Toda una calle compartía una sola bomba de agua y un par de letrinas. En 1934, el profesor Arthur Cole explicaba que, en la década de 1850, algunos habitantes de Nueva York y Boston vivían en sótanos oscuros infestados de bichos.

Millones de personas pasaban sus vidas amontonadas bajo techos ardientes y podridos por el agua, o metidas entre las ratas de los sótanos fríos y húmedos. Viviendas infames, a menudo en sótanos inundados, burdamente agolpadas, de aire y agua contaminados, con pozos negros rebosantes, bombas de agua infectadas, pobreza, hambre, fatiga y abatimiento por doquier.

Roy Porter, The Greatest Benefit to Mankind, Harper Collins,
Nueva York, 1997, p. 399.

El modo en que la sociedad actual trata a la gran multitud de pobres es repugnante. Les empuja a las grandes ciudades donde respiran un aire peor que en el campo; les relega a barrios que, por el sistema de construcción, están peor ventilados que cualquier otro; les priva de todo instrumento de limpieza, de la propia agua, porque solo se ponen tuberías si se pagan, y los ríos están tan contaminados, que no sirven para tales fines; les obliga a tirar a la calle vísceras y basura, muchas veces toda el agua sucia y los excrementos, sin que haya otro medio de deshacerse de ellos; de modo que se les obliga a contaminar la propia tierra en la que habitan.

Friedrich Engels, The Condition of the Working-Class in England in 1844, Otto Wigand, Leipzig, p. 97.
(Trad. cast.: La situación de la clase obrera en Inglaterra, Akal, 1976.)

Según consta en documentos de la época, a mediados del siglo XIX sistema público de abastecimiento de agua del condado de McLean (Illinois) y Chicago estaba contaminado con desechos humanos y animales.

En el siglo XIX, las enfermedades infecciosas fueron un terror permanente. Con el crecimiento constante de las poblaciones ya densas, las guerras y la extrema pobreza, enfermedades de todo tipo se cobraban un horrible peaje. Las masas afligidas por la miseria eran quienes se llevaban la peor parte de los ataques incesantes de estas enfermedades, pero nadie quedaba a salvo de ellas. Las epidemias y pandemias periódicas barrían todo el globo, provocando el caos y acabando con millones de personas, rivalizando con los horrores de la guerra (de las que hablaré un poco más adelante). La práctica inexistencia de condiciones sanitarias e higiénicas, la mísera alimentación y las condiciones laborales y de vida, unidos a una sensación de total impotencia, sentaban las bases de la devastación.

La comida en malas condiciones también era fuente de epidemias. ya que tanto la producción como la distribución se daban en los mismos espacios en que habitaban, bajo las mismas condiciones anti-higiénicas.

El elemento más mortífero de las nuevas ciudades era el hacinamiento de las personas. Por ejemplo, el informe de un funcionario de sanidad de Darlington de la década de 1850 hablaba de seis niños, de entre 2 y 17 años, que sufrían viruela en una vivienda de una sola habitación que compartían con sus padres, un hermano mayor y un tío. Dormían todos juntos sobre harapos en el suelo. Se podrían citar millones de casos similares, con unas condiciones que empeoraban cuando las víctimas fallecían y sus cadáveres permanecían descomponiéndose durante días con la familia en casas de una sola habitación, hasta que la familia conseguía reunir unos peniques para enterrarlos.

Dorothy Porter, Health,Civilization, and the State
—A History of Public Health from Ancient to Modern Times, Routledge,
Oxfordshire, Inglaterra, 1999, p. 113.

Todas las enfermedades infecciosas de la época (cólera, disentería, tifus, difteria, tosferina, escarlatina, sarampión, fiebre amarilla, tuberculosis, la fiebre puerperal (que causaba la muerte de las madres en el posparto),  eran consecuencia de las condiciones de vida, la falta de higiene y el hacinamiento, así como los alimentos en mal estado.

 

La variolación, origen de la vacunación

Este fue el terreno en el que los oportunistas practicantes de medicina empezaron a experimentar con la población buscando un supuesto remedio a la devastación de la salud, añadiendo un factor más a las causas de las pandemias. 

La primera empresa destinada a evitar la viruela en Occidente la inició Lady Mary Wortley Montagu en 1717. Ella regresó del Imperio Otomano sabedora de una práctica llamada variolación.

William Douglass, MA, A Summary, Historical and Political, of the First Planting, Progressive Improvements and Present State of the British Settlements of North-America, Londres, 1760, p. 407.

La variolación consistía en tomar una pequeña muestra de una pústula de viruela humana e introducirla en la piel de otra persona. Si todo iba bien, el receptor sufría un ataque leve de viruela, y después quedaba inmune a la enfermedad. La esperanza que se ocultaba al infectar a las personas con la viruela en el momento y lugar que decidieran era que, en un entorno controlado y en estado de perfecta salud, se defenderían mejor de la enfermedad que dejando el contagio al azar. Dos problemas de la variolación eran que podía provocar la muerte y extender la enfermedad por las comunidades vecinas.

El consiguiente ataque de viruela no era en modo alguno leve; está demostrado que de cada cien personas inoculadas morían dos o tres. Además, muchas personas sospechaban con razón que la inoculación, aunque pudiera proteger al individuo con un ataque ligero, extendía en mayor medida la enfermedad porque multiplicaba los focos de infección. Por estas razones, después de 1728 la inoculación quedó completamente desprestigiada en Europa.

Frederick F. Cartwright, Disease and History, Rupert-Hart-Davis,
Londres, 1972, p. 124.

Los resultados de estos experimentos demasiado a menudo fueron, igual que son, demasiado poco rigurosos y demasiado/mucho tergiversados, omitiendo, por claro interés, incluir que la gente inoculada igualmente enfermaba y moría.

Viendo en la vacunación una actividad lucrativa empezó a ser promocionada por parte de los productores de las asquerosas pócimas, que pagaban a médicos para que escribieran en los periódicos sobre las bondades de las vacunas. 

James Kirkpatrick llegó a Londres desde Charleston, en Carolina del Sur, y describió la epidemia de 1738, insistiendo en que la inoculación tenía un gran éxito. Con tal entusiasmo, la inoculación ganó nuevo favor en toda Europa.

En Londres, después de la reaparición de la influencias de Kirkpatrick en 1743, la inoculación se convirtió en una lucrativa rama de la práctica quirúrgica, casi en exclusiva para la gente acomodada. La operación no era tan sencilla como parecía. Exigía las dotes conjuntas del médico, el cirujano y el boticario; la preparación del paciente para recibir la muestra exigía varias semanas de acomodación física y régimen. La inoculación fue durante mucho tiempo privilegio de quienes se podían permitir pagarla.

Victor C. Vaughan, MD, Epidemiology and Public Health,
C. V. Mosby Company, St. Louis, 1922, p. 189.

A pesar de todo ello la gente se daba cuenta de que las vacunas no sólo no resolvían las epidemias y pandemias, sino que quienes se vacunaban empeoraban sus síntomas e incluso morían rápidamente, con lo que empezó a manifestarse el rechazo generalizado.

 

La imposición de un negocio criminal

La desconfianza de la población hacia la práctica de la inoculación desembocó en intentos de obligación por parte del estado (ya entonces la industria y la política formaban parte del mismo negocio).

Lo peor fue que las obligaciones desembocaron en pandemias y no se pudo ocultar que, si ésta no fue provocada por la vacunación generalizada, tampoco fue evitada por la misma.

… en 1855 Massachusetts dio el paso más avanzado de los que jamás había dado ningún estado, y aprobó una ley que obligaba a los padres o tutores a vacunar a los niños antes de que cumplieran los dos años, y prohibía la admisión en las escuelas públicas de cualquier niño que no estuviera vacunado. Alcaldes y concejales estaban «obligados a vacunar a todos los habitantes» de su ciudad, y a exigir la revacunación siempre que juzgaran que la salud pública lo requería.

Susan Wade Peabody, «Historical Study of Legislation Regarding Public Health in the State of New York and Massachusetts»,

The Journal of Infectious Diseases, supl. n.º 4, febrero 1909, pp. 50-51.

Las terribles y dolorosas erupciones que produjeron las primeras vacunaciones en los bebés terminaban en muerte demasiado a menudo.

No encuentro palabras decorosas ni admisibles para referirme a lo que hace treinta años podría haber parecido increíble: la obligación de vacunar al segundo hijo de una familia, cuando la vacuna causó la muerte del primero; y después enviar a la cárcel al padre por negarse a que se le administre. 

—Profesor emérito F. W. Newman (1805-1897), 26 de octubre de 1874

Lo habían vacunado cuando tenía dos años, y le hicieron mucho daño; pero a los catorce años tuvo un ataque grave de viruela, del que salió con mejor estado de salud. Prefería mil veces más tener la viruela que ser vacunado. Había pagado multas por todos sus hijos. En su larga y extensa experiencia nunca había visto consecuencias tan malas de la viruela como las que había visto de la vacunación.

Íbid., pp. 125-126.

La temible mortalidad por viruela en la Leicester completamente vacunada y supuestamente bien «protegida» durante los años 1871-1872, produjo el efecto de destruir la fe de las personas en la vacunación «protectora». El resultado fue que pobres y ricos por igual, trabajadores, aristócratas y las autoridades municipales, empezaron a negarse a vacunar a sus hijos y a ellos mismos. Tal oposición siguió hasta 1890, cuando la vacunación, en lugar de llegar al 95 % del total de nacidos, solo lo hizo a más o menos el 5 %.

J. W. Hodge, MD, «How Small-Pox Was Banished from Leicester», Twentieth Century Magazine, vol. III, n.º 16, enero 1911, p. 337.

Total que en las localidades y países en que se impuso la vacunación obligatoria, la gente se negó con todas sus fuerzas a la imposición del suplicio de las vacunas que deterioraban la salud propia y de los niños. Hubo manifestaciones y resistencias a la imposición. Poco a poco, la vacunación dejó de ser obligatoria y la población liberada del abuso contra su integridad, obligó a los gobiernos a aplicar políticas de sanidad para mejorar la salud. De esta forma se fueron implementando medidas sanitarias y de higiene que definitivamente revirtieron las cifras de enfermedad y de muerte. Es decir, mejorando las condiciones de vida consiguieron lo que, no sólo no habían conseguido, sino empeorado con vacunas.

La viruela no solo puede afectar a ciudades bien vacunadas, sino que la vacunación más completa posible que quepa imaginar puede ir seguida de un brote generalizado de la enfermedad. Es lo que ocurrió en el distrito agrícola y minero de Mold, en Flintshire… Leicester, con una población de niños menores de diez años prácticamente sin vacunar, tuvo una tasa de mortalidad por viruela de 144 por millón; en cambio, en Mold, con todos los nacidos en los dieciocho años anteriores vacunados, la tasa fue de 3.164 por millón.

William Scott Tebb, MD, A Century of Vaccination and What It Teaches, Swan Sonnenschein & Co., Londres, 1898, pp. 93, 94.

Hay muchas fuentes respetables que demuestran claramente que la mejora de las condiciones de vida, una mejor alimentación, la mejor atención ginecológica y otros elementos ajenos a las vacunas fueron la causa de la disminución de las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas. A pesar de estas pruebas evidentes, los actuales defensores de las vacunas proclaman continua y falsamente que estas son la razón principal del aumento de la esperanza de vida de que hoy disfrutamos.

 

Las medidas sanitarias

En 1854, el médico inglés John Snow determinó que el origen de la epidemia de cólera de Londres fue el agua contaminada que se suministraba por una bomba de la calle. Señaló que todas las personas afectadas de cólera obtenían el agua de esa bomba concreta. Empleó pruebas científicas para convencer al ayuntamiento de que prohibiera el suministro de agua contaminada. Se ordenó el cierre de la bomba, y la epidemia remitió, lo cual demostraba que la fuente de la enfermedad era algo que había en el agua. Por las presiones ciudadanas, los gobiernos asumieron la responsabilidad de mantener la salud pública. Estos esfuerzos transformaron las ciudades, de cloacas de residuos animales a lugares limpios e higiénicos donde las personas podían prosperar. Poco a poco fue tomando forma la ciudad moderna.

David L. Streiner, Douglas W. MacPherson y Brian D. Gushulak, PDQ Public Health, 2010, p. 198.

En Inglaterra se inició un nuevo movimiento de salud pública, con grandes esfuerzos para mejorar las condiciones sanitarias. En 1859 comenzó la construcción del sistema de alcantarillado de Londres. Varias leyes del Parlamento, como la de Utilización de Aguas Residuales de 1865 y la Sanitaria de 1866, dieron competencias al Gobierno para mantener el sistema de alcantarillas, regular el suministro de agua, e ilegalizar el hacinamiento de casas. Inglaterra fue un ejemplo que enseguida siguieron otros países. Sin embargo, estos cambios positivos se encontraban a menudo con la oposición de quienes se beneficiaban de los barrios insalubres.

Por ejemplo, el corrupto sistema de salud impuesto en 1860 promovía a los propietarios de bloques que contenían viviendas en condiciones insalubres como “Funcionarios de Salud” y que se resistían a “invertir” en mejorar las condiciones de las viviendas. En este marco se creó “el comité de ciudadanos” que forzó a las autoridades a abrir una investigación que promovió el inicio de algunos cambios.

En los inicios del siglo XX, se abordó el problema del agua contaminada también mediante la cloración, que prácticamente eliminó enfermedades debidas al agua en mal estado, como el cólera, la fiebre tifoidea y la disentería.

Con el tiempo, esta agua más segura llegó directamente a las casas y las empresas. La innovación de dedicar una de las habitaciones al lavabo, servicio o WC, posibilitó la adecuada eliminación de los residuos humanos. Así pues, ya no era necesario tirar los excrementos a la calle, de donde llegaban al agua de consumo de la población.

Los esfuerzos para cambiar la higiene humana tuvieron que superar el pensamiento colectivo de la época. La idea general era que el baño no era necesario ni para la salud ni para el aspecto de la persona, y el olor del cuerpo era algo aceptable. Quienes defendían la necesidad de la higiene tuvieron que infundir nuevas ideas a la población.

También se exigieron mejoras en las terribles condiciones de las viviendas. Se obligó a sus propietarios a hacer las oportunas reformas en las casas. Las peores viviendas fueron clausuradas, en especial los sótanos infestados de alimañas. En 1866, la ciudad de Nueva York creó un eficiente consejo municipal destinado a resolver estos problemas.

Los gobiernos municipales instituyeron la planificación urbana para eliminar varias fábricas contaminantes de las zonas donde vivía la gente. El objetivo eran los mataderos, las plantas de empaquetado de carne, las fábricas de colas, las de curtidos y otras de diversos tipos. Poco a poco, todas esas industrias molestas y contaminantes fueron llevadas fuera de los límites de la ciudad, no sin la oposición y resistencia de los industriales que las explotaban.

Médicos, abogados, científicos e ingenieros, con representantes de las organizaciones benéficas, formaron un influyente colectivo que presionaba a los responsables políticos para que introdujeran mejoras para la salud. 

En 1907, el doctor Charles Page señalaba que no era necesario emplear inyecciones de material enfermo para combatir la difteria. Las buenas condiciones sanitarias, la higiene y el cambio del modo de vida bastarían para vencer esta y otras enfermedades. 

En la década de 1900, eran cada vez más las personas que se habían dado cuenta de que la clave de la derrota de las enfermedades infecciosas humanas como el cólera y la fiebre tifoidea era una vida más sana que, además, conseguía que la muerte y la morbidez de las enfermedades, cuando se producían, no fueran tan elevadas si se ayudaba a la constitución humana. 

 

Mejorando la calidad de vida

Las condiciones sanitarias y la higiene no eran los únicos elementos de la sociedad que experimentaban cambios radicales. También empezaron a mejorar las brutales condiciones laborales de una sociedad en la que miles de mujeres trabajaban largas horas en talleres y fábricas por unos salarios de miseria. Sin ninguna legislación laboral ni sindicatos, con salarios insuficientes que las condenaban a la inseguridad permanente.

Surgieron Asociaciones Protectoras de las Mujeres Trabajadoras. Las organizaciones obreras luchaban por conseguir mejoras para quienes eran condenadas a una vida prácticamente de esclavitud. Industrias como la de la confección componían las que se conocían como «industrias del sudor». Quienes cosían en los talleres de Londres y otras partes del mundo, lo hacían en unas condiciones durísimas. Durante varios meses al año, tenían que trabajar entre 18 y 20 horas. En Londres, dado el carácter estacional del trabajo, muchas mujeres tenían que dedicarse a la prostitución para sobrevivir. 

Grupos activistas, sindicatos y la prensa poco a poco forzaron cambios en estas condiciones laborales.

En los años ochenta del siglo XIX, muchas mujeres tenían que trabajar para dar de comer a sus familias. En los treinta del siguiente, las cosas habían cambiado, y las mujeres solo trabajaban para aportar un dinero extra, y no tanto para sobrevivir.

En años sucesivos, en Inglaterra se fueron aprobando diversas leyes que poco a poco fueron aligerando las duras condiciones del trabajo infantil. En 1802, la Ley Inglesa de Salud y Moral de los Aprendices limitaba el trabajo de los niños en las fábricas de algodón a 12 horas. La Ley de 1883 prohibía emplear a menores de 13 años durante más de 8 horas, y a los niños de entre 13 y 18 años, durante más de 12 horas. En 1842, se prohibió que en las minas subterráneas trabajaran mujeres y niños menores de 10 años. A partir de 1874, los niños de menos de 10 años ya no podían trabajar en las fábricas. En 1852, Massachusetts aprobó leyes por las que se instituía la escolarización obligatoria

Estas transformaciones se produjeron a lo largo de muchas décadas. Los cambios se fueron introduciendo poco a poco y de muy distintas formas. Bajo la dirección del departamento de sanidad de Chicago, se establecieron regulaciones para mejorar el manejo de los alimentos. Las panaderías situadas en sótanos, en su día tan comunes, tuvieron que cerrar. A principios del siglo XX se iniciaron campañas de bienestar infantil, y los médicos visitaban a las madres para enseñarles a cuidar bien de sus bebés. Se publicaban boletines semanales con valiosa información sobre salud.

Aparecieron en escena una amplia diversidad de innovaciones tecnológicas, que propiciaron unos cambios que, juntos, generaron una gran mejora de la salud. La electricidad, la refrigeración, el transporte, el inodoro y diferentes avances científicos impulsaron a las sociedades occidentales hacia mejores sanidad, y salud, así como a una forma de vida mucho menos estresada. 

El mundo occidental había pasado de la miseria y el sufrimiento al que hoy reconocemos como nuestro mundo moderno y la medicina en general, y las vacunas en particular, contribuyeron muy poco a esta transformación.

A partir del verano de 1897, la viruela pasó de provocar la muerte a 1 de cada 5 de sus víctimas, a provocarla a 1 de cada 50, y más adelante a solo 1 de cada 380. La tasa de mortalidad cayó rápidamente, desde el 20% que hubo durante décadas anteriores, hasta el 6 % en 1897, y nada menos que hasta el 0,26 % hacia 1908.

 

 

Queriendo conservar el Status Profesional

Con el descenso de la variedad de viruela clásica y mortal, se produjo otro igual de la tasa de mortalidad. Esto, a su vez, hizo sonar las alarmas de la comunidad médica. El temor era que la variante más leve de viruela en algún punto pudiera volver a su forma original y más letal.

Debemos estar preparados para una pandemia de viruela… Hace ya veinte años desde la última que asoló todo el país. La guerra (Segunda Guerra Mundial) hizo que se vacunaran grandes cantidades de adultos, pero la casi totalidad de los más pequeños no están vacunados, y los de mediana edad y mayores no se han vuelto a vacunar en muchos años.

G. Koehler, Pharmacology and Therapeutics,
Preventive Medicine, The Year Book Publishers, 1921, p. 322.

La previsión en 1921 de una inminente epidemia de viruela nunca se hizo realidad, pese a la disminución de la tasa de vacunaciones. No sólo la viruela pasó a ser menos peligrosa. Desde mediados del siglo XIX hasta entrado el siglo XX, la mortalidad por todo tipo de enfermedades infecciosas descendió. Las amenazas mortales en su día tan comunes, poco a poco pasaron a ser cosa del pasado. A finales del siglo XIX, era evidente que las mejores condiciones sanitarias combatían de forma importante las enfermedades bacterianas, como el tifus o la fiebre tifoidea, sin necesidad de vacuna.

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