148. La Industria y la Salud: El origen de las Pandemias
22 de abril, 2024
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Cómo están vinculadas la actividad industrial y la salud ¿Tienen alguna relación?Transcripción del episodio
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Esta es la transcripción literal del audio, organizada en párrafos para facilitar su lectura:
Vidan Salud, episodio 148. Primer episodio de la serie "La Industria y la Salud", al que he titulado "Los orígenes de las pandemias". Te doy la bienvenida al podcast Vidan Salud, el podcast de la escuela Vidan Salud, propuesta creada para apoyar tu proceso de empoderamiento. Visítanos en vidansalud.es. Y para mantenerte al tanto de todas las propuestas que voy haciendo y elegir las que te sean útiles, suscríbete en vidansalud.es/suscripcion.
La industria y la salud no están naturalmente relacionadas, aunque en los últimos dos siglos han habido ciertas intervenciones que las han vinculado estrechamente. Hoy empezaremos a establecer el marco cognitivo que nos permita entender la información que va a venir después y que además nos permitirá adentrarnos en una comprensión mucho más amplia de la situación actual y asimilar tramas mucho más complejas de las que hablaremos más adelante. Porque me doy cuenta de que con un solo programa no vamos a tener suficiente para abarcar la magnitud de este vínculo entre la industria y la salud.
Así que en este primer episodio voy a dar un repaso a algo de lo acontecido en la historia del siglo XIX y voy a tener que recontártela abarcando aspectos que posiblemente nunca antes has conocido. Voy a contarte una historia verdadera aunque sinceramente espeluznante. La información que transmito en este episodio la puedes encontrar casi íntegra en el libro "Desvaneciendo Ilusiones" de Suzanne Humphries, que es médico, y Roman... voy a ver si lo pronuncio bien este apellido, pero a mí me suena algo así como Bystrianyk. Y si quieres, en el artículo que acompaña al podcast en vidansalud.es/podcast/148 puedes conseguirlo, si es que quieres leerlo, cosa que te recomiendo mucho.
Bueno, pues empezaremos describiendo un poquito las características del siglo XIX que realmente fue un siglo fatídico para la humanidad. Lo que sucedió entonces disparó los acontecimientos en una dirección bastante devastadora. Y uno de los acontecimientos que más marcaron este siglo y definieron esta trayectoria hasta llegar a la distopía que vivimos ahora fue la imposición de la industrialización.
Y es muy conscientemente que lo llamo la imposición de la industrialización en lugar de llamarlo, como siempre se le llama, la Revolución Industrial. La Revolución Industrial es un conjunto de palabras estudiadas para minimizar lo que realmente sucedió allí; para disfrazar una imposición de algo que la gente hizo porque así lo quería, como que fue algo que hicimos entre todos, y no fue así.
Y bueno, lo que tengo que explicarte es que aunque los canales de desinformación y de adoctrinamiento sociales nos han dado una versión histórica del siglo como si fuera una sociedad muy elegante, plegada de grandes inventores, científicos que contaban con mecenas altruistas que tenían mucho dinero y con mucho amor e interés por que la humanidad viviera mejor, aportaban grandes sumas de dinero para propiciar grandes avances tecnológicos y científicos para la humanidad... la verdad es que esto tiene muy poco que ver con lo que realmente sucedió y tiene muy poco que ver con los propósitos reales que se han demostrado había detrás de cada acto en ese tiempo.
En realidad estuvo pasando en el siglo XIX que la forma de vida rural y comunitaria que se estableció después del Imperio Romano y que perduró durante toda la Edad Media —y esto tampoco se cuenta, mas si te interesa puedes encontrar en los cursos de la escuela Vidan Salud "Historia Oculta de España" y "El Comunal" bastante información sobre esto— pues ese período fue interrumpido abruptamente por lo que se llamó desamortizaciones.
Que no eran más que robos perpetrados por el Estado. Robos de las propiedades que por común acuerdo eran comunes; es decir, propiedades que eran consideradas por todos, de todos y para todos. Pues el Estado decidió otorgarse el derecho a apropiarse de todo ello y con ello apropiarse de la forma de vida de los países de estos Estados, en principio europeos y Estados Unidos.
Y así, por este método abusivo, expulsaron a los aldeanos de sus tierras y de sus industrias —porque había industrias también—, es decir, los expulsaron de su propio sustento. Les arrebataron su forma de vida para forzarlos, deliberadamente además, a ir a las ciudades donde la actividad industrial era incipiente para ser allí esclavizados sin importar demasiado la edad ni la condición.
Y el único propósito de todo ello era implementar un plan que desde la perspectiva actual podemos ver con mayor claridad. Y el único propósito que los aldeanos en esta situación podían tener era sencillamente sobrevivir y, como veremos, en bastante malas condiciones. El gran problema es que las ciudades a las que llegaban no fueron dotadas de la infraestructura necesaria para acogerles.
Y aquí voy a leer textualmente como lo explican en su libro los autores que he mencionado antes y que prefiero no volver a mencionar por lo difícil que me resulta saber cómo se pronuncian sus nombres. Espero que me lo permitáis. Dicen: "Imaginemos un mundo en que se trabaja sin condiciones sanitarias, seguridad ni unas mínimas leyes laborales y salariales. El XIX fue un siglo en que las personas dedicaban entre 12 y 16 horas diarias al trabajo más tedioso. Imaginemos bandas de chiquillos vagabundeando por las calles y sin nadie que les controlara porque sus padres trabajaban larguísimas jornadas. Los niños también se empleaban en trabajos deprimentes y peligrosos. Imaginemos Nueva York rodeada no de zonas residenciales sino de anillos de vertederos llameantes y barrios de chabolas. Ciudades en cuyas calles eran habituales los cerdos, perros, caballos y sus desechos. En todo el mundo proliferaban muchas enfermedades infecciosas, sobre todo en las grandes ciudades."
"No es esta una descripción del tercer mundo sino de cómo era una gran parte de Estados Unidos y otros países occidentales. La historia documentada de la civilización occidental describe una lucha cruda e interminable contra la enfermedad y la muerte. Una mortalidad infantil trágicamente alta y la muerte prematura de los adultos jóvenes. Epidemias mortales atacaban a las comunidades impotentes casi con la misma frecuencia con que llegaban el verano y el invierno y cada pocos años se repetían grandes catástrofes. En la Inglaterra victoriana la edad media de muerte entre los pobres urbanos eran los 15 o 16 años."
"Durante el siglo XIX la cantidad de fábricas aumentó a la par que la población y la consecuencia fue una avalancha de personas que huían del campo a las ciudades en busca de trabajo. La población de la ciudad de Londres se multiplicó casi por nueve en esos años. La industrialización incrementó los peligros para la salud debido al enorme crecimiento paralelo de las ciudades. Las viviendas no podían dar cobijo a toda aquella gran población y el resultado fueron el hacinamiento y la acumulación de desechos humanos y animales. En algunos casos edificios grandes construidos originariamente como fábricas de cerveza o refinerías de azúcar se dividieron después en numerosas dependencias pequeñas y oscuras para que en ellas vivieran las familias. Estas condiciones contribuyeron a unos elevados índices de enfermedad y mortalidad."
"Describiendo la ciudad de Nueva York alguien escribió: 'El hedor de los sótanos nauseabundos con su infernal sistema de alcantarillado envenenaba irremediablemente hasta a los ocupantes de la quinta planta. Las ondas rodadas del carro mortuorio y la ambulancia llegaban hasta la puerta porque los ocupantes morían como moscas en todas las estaciones del año y una décima parte de su población estaba siempre en el hospital'. Esto fue escrito en 1902."
"Otra descripción escrita en 1861 dice: 'Calles angostas y tortuosas, la falta de adecuadas alcantarillas y ventilación, la ausencia de previsión y planificación de espacios abiertos para recreo de las personas, la permisión de entierros intramuros y de instalaciones fétidas como mataderos y fábricas que generan olores repulsivos han convertido las ciudades en recintos pestilentes y hacen que las palabras de Jefferson 'Las grandes ciudades son grandes llagas' sigan siendo verdad en el sentido más literal y angustioso'. No había agua corriente ni sanitarios. Toda una calle compartía una sola bomba de agua y un par de letrinas."
"En 1934 el profesor Arthur Cole explicaba que en la década de 1850 algunos habitantes de Nueva York y Boston vivían en sótanos oscuros infestados de bichos. Millones de personas pasaban sus vidas amontonadas bajo techos ardientes y podridos por el agua o metidas entre las ratas de los sótanos fríos y húmedos. Viviendas infames a menudo en sótanos inundados burdamente agolpadas de aire y agua contaminados con pozos negros rebosantes, bombas de agua infectadas, pobreza, hambre, fatiga y abatimiento por doquier."
"Según consta en un documento de la época, a mediados del siglo XIX el sistema público de abastecimiento de agua del condado de McLean en Illinois y Chicago estaba contaminado con desechos humanos y animales. En el siglo XIX las enfermedades infecciosas fueron un terror permanente. Con el crecimiento constante de las poblaciones ya densas, las guerras y la extrema pobreza, enfermedades de todo tipo se cobraban un horrible peaje. Las masas afligidas por la miseria eran quienes se llevaban la peor parte de los ataques incesantes de las enfermedades. Pero nadie quedaba a salvo de ellas. Las epidemias y pandemias periódicas barrían todo el globo provocando el caos y acabando con millones de personas rivalizando así con los horrores de la guerra." Guerra o guerras de las que hablaré un poco más adelante yo también en siguientes episodios.
Aquí la práctica inexistencia de condiciones sanitarias e higiénicas, la mísera alimentación y las condiciones laborales y de vida unidos a una sensación de total impotencia sentaban las bases de la devastación. El elemento más mortífero de las nuevas ciudades era el hacinamiento de las personas. Por ejemplo, el informe de un funcionario de sanidad de Darlington de la década de 1850 hablaba de seis niños de entre 2 y 17 años que sufrían viruela en una vivienda de una sola habitación que compartían con sus padres, un hermano mayor y un tío. Dormían todos juntos sobre harapos en el suelo. Se podían citar millones de casos similares con unas condiciones que empeoraban cuando las víctimas fallecían y sus cadáveres permanecían descomponiéndose durante días con la familia en casas de una sola habitación hasta que la familia conseguía reunir unos peniques para enterrarlos.
Todas las enfermedades infecciosas de la época: el cólera, la disentería, el tifus, la difteria, la tosferina, la escarlatina, el sarampión, la fiebre amarilla, la tuberculosis y la terrible fiebre puerperal que causaba la muerte de las madres en el posparto eran consecuencia de las condiciones de vida, la falta de higiene y el hacinamiento, así como los alimentos en mal estado. Este fue el terreno en que los oportunistas practicantes de medicina empezaron a experimentar con la población buscando un supuesto remedio a la devastación de la salud, añadiendo un factor más a las causas de las pandemias.
Según se explica también en la documentación de la época, la primera empresa destinada a evitar la viruela en occidente la inició Lady Mary Wortley Montagu en 1717. Ella regresó del Imperio Otomano sabedora de una práctica llamada variolización. La variolización consistía en tomar una pequeña muestra de una pústula de viruela humana e introducirla en la piel de otra persona haciéndole una herida. Si todo iba bien, el receptor sufría un ataque leve de viruela y después quedaba inmune a la enfermedad. La esperanza que tenían al intentar esta infección de viruela en un momento decidido y en el lugar decidido y en un entorno controlado y desde un estado de perfecta salud, era que se defenderían mejor las personas de la enfermedad que dejándolas al contagio azaroso.
Dos problemas no poco importantes de la variolización eran que podían provocar la muerte y extender la enfermedad por las comunidades vecinas. Lo que pasa es que tampoco era como tenían pensado ya que el consiguiente ataque de viruela no era en modo alguno leve. Está demostrado que de cada 100 personas inoculadas morían dos o tres. Además, muchas personas sospechaban con razón que la inoculación, aunque tal vez podía proteger al individuo con un ataque más ligero, extendía en mayor medida la enfermedad porque multiplicaba los focos de infección.
Y por estas razones, después de 1728 la inoculación quedó completamente desprestigiada en Europa. Los resultados de estos experimentos demasiado a menudo fueron, igual que hoy lo son, demasiado poco rigurosos y demasiado mucho tergiversados, omitiendo por claro interés incluir que la gente inoculada igualmente enfermaba y moría.
El miedo a la enfermedad y a la muerte era tan grande que algunos negociantes vieron en la vacunación una actividad muy lucrativa y empezaron a producirlas. Mas ya no era el suero puro que se llama; ya no era una pústula de viruela humana ni de sarampión humano. Ya era cualquier cosa cogida de un cadáver de un animal enfermo, de las ubres de las vacas infectadas, de cualquier lugar... y se inoculaba con estas asquerosas sustancias. Y los productores de estas asquerosas pócimas pagaban a médicos para que escribieran en los periódicos sobre las bondades de la vacunación. Entre estas, un tal James Kirkpatrick, supongo, llegó a Londres desde Charleston y describió la epidemia de 1738 insistiendo en que la inoculación tenía un gran éxito. Consiguió contagiar el entusiasmo entre la población y la inoculación ganó de nuevo favor en toda Europa.
Un texto de 1922 explica que en Londres, después de la reaparición de las influencias de Kirkpatrick en 1743, la inoculación se convirtió en una lucrativa rama de la práctica quirúrgica casi en exclusiva para la gente acomodada. La operación no era tan sencilla como parecía. Exigía las dotes conjuntas del médico, el cirujano y el boticario. La preparación del paciente para recibir la muestra exigía varias semanas de acomodación física y régimen, dieta específica. La inoculación fue durante mucho tiempo privilegio de quienes se podían permitir pagarla. Aunque tampoco era una ventaja porque, a pesar de todo ello, la gente se daba cuenta de que las vacunas no solo no resolvían las epidemias y pandemias, sino que quienes se vacunaban empeoraban sus síntomas e incluso morían rápidamente, con lo que empezó a manifestarse el rechazo generalizado.
Ante la desconfianza de la población hacia esta práctica, el Estado tomó cartas en el asunto y empezó a implementar obligaciones hacia la vacunación. ¿Te suena? Y lo peor fue que las obligaciones desembocaron en pandemias y no se pudo ocultar que, si bien podía ser que la pandemia no fuera provocada por la vacunación, tampoco fue evitada por la misma.
En 1909 en "The Journal of Infectious Diseases" se escribió: "En 1855 Massachusetts dio el paso más avanzado de los que jamás había dado ningún estado y aprobó una ley que obligaba a los padres o tutores a vacunar a los niños antes de que cumplieran los dos años. Y prohibía la admisión en las escuelas públicas de cualquier niño que no estuviera vacunado. Alcaldes y concejales estaban obligados a vacunar a todos los habitantes de su ciudad y a exigir la revacunación siempre que juzgaran que la salud pública lo requiriera". ¿Te suena también, verdad?
En este tiempo un profesor escribió en 1874: "No encuentro palabras decorosas ni admisibles para referirme a lo que hace 30 años podía haber parecido increíble: la obligación de vacunar al segundo hijo de una familia cuando la vacuna causó la muerte del primero y después enviar a la cárcel al padre por negarse a que se le administrara". Lo que pasó, como también sucede ahora, es que los que fueron ordenados para ordenar la vacunación no hicieron caso de estas órdenes porque no querían herir a la población, no querían implementar algo tan injusto y tan abusivo. Y solamente se vacunaron aquellos que tuvieron miedo básicamente o creyeron que iba a ser útil.
¿Y en qué desembocó todo esto? Pues en 1911 en un magazine que hablaba de Leicester se escribió: "La terrible mortalidad por viruela en la Leicester completamente vacunada y supuestamente bien protegida durante los años 1871 y 1872 produjo el efecto de destruir la fe de las personas en la vacunación protectora. El resultado fue que pobres y ricos por igual, trabajadores, aristócratas y las autoridades municipales empezaron a negarse a vacunar a sus hijos y a ellos mismos. Tal oposición siguió hasta 1890 cuando la vacunación en lugar de llegar al 95% del total de nacidos solo lo hizo a más o menos el 5%". Así que hubo tanta resistencia a esta imposición que tuvieron que dejar de obligar a la población al abuso de ir contra su integridad.
Y empezó a haber movilizaciones entre los ciudadanos para obligar a los gobiernos a aplicar políticas de sanidad que mejoraran las condiciones de vida. Y eso es lo que definitivamente revirtió las cifras de enfermedad y muerte. Es decir, mejorando las condiciones de vida consiguieron lo que no solo no habían conseguido, sino empeorado las vacunas.
En 1898 escribieron: "La viruela no solo no puede afectar a ciudades bien vacunadas sino que la vacunación más completa posible que quepa imaginar puede ir seguida de un brote generalizado de la enfermedad. Es lo que ocurrió en el distrito agrícola y minero de Mold, Flintshire. Con una población de niños menores de 10 años prácticamente sin vacunar tuvo una tasa de mortalidad por viruela de 144 por millón. En cambio en Mold, con todos los nacidos en los 18 años anteriores vacunados, la tasa fue de 3.164 por millón".
Hay muchas fuentes respetables que demuestran claramente que la mejora de las condiciones de vida, una mejor alimentación, la mejor atención ginecológica y otros elementos ajenos a las vacunas fueron la causa de la disminución de las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas. Y a pesar de estas pruebas evidentes los defensores de las vacunas proclamaban y proclaman continua y falsamente que estas son la razón principal del aumento de la esperanza de vida.
En 1854 el médico inglés John Snow determinó que el origen de la epidemia de cólera de Londres fue el agua contaminada que se suministraba por una bomba de la calle. Señaló que todas las personas afectadas de cólera obtenían el agua de esa bomba concreta. Empleó pruebas científicas para convencer al ayuntamiento de que prohibiera el suministro de agua contaminada. Se ordenó el cierre de la bomba y la epidemia remitió, lo cual demostraba que la fuente de la enfermedad era algo que había en el agua.
Por las presiones ciudadanas los gobiernos asumieron la responsabilidad de mantener la salud pública. Y estos esfuerzos transformaron las ciudades de cloacas de residuos animales a lugares limpios e higiénicos donde las personas podían prosperar. En Inglaterra se inició un nuevo movimiento de salud pública con grandes esfuerzos para mejorar las condiciones sanitarias.
En 1859 comenzó la construcción del sistema de alcantarillado en Londres. Varias leyes del parlamento como la utilización de aguas residuales de 1865 y la sanitaria de 1866 dieron competencias al gobierno para mantener el sistema de alcantarillas, regular el suministro de agua e ilegalizar el hacinamiento de casas. Inglaterra fue un ejemplo que enseguida siguieron otros países. Sin embargo, estos cambios positivos se encontraban a menudo con la oposición de quienes se beneficiaban de los barrios insalubres. Así que costó algunas décadas ir implementando las medidas que consiguieron remitir todos los problemas de salud y las pandemias y epidemias que hubo durante la mayor parte del siglo XIX.
Los gobiernos municipales instituyeron la planificación urbana para eliminar varias fábricas contaminantes de las zonas donde vivía la gente. El objetivo eran los mataderos, las plantas de empaquetado de carne, las fábricas de colas, las de encurtidos y otras de diversos tipos altamente contaminantes. Poco a poco todas estas industrias molestas y contaminantes fueron llevadas fuera de los límites de la ciudad. Y como siempre, en una oposición y resistencia de los industriales que las explotaban. Médicos, abogados, científicos e ingenieros con representantes de las organizaciones benéficas formaron un influyente colectivo que presionaba a los responsables políticos para que introdujeran mejoras para la salud.
En 1907 el Dr. Charles Page señalaba que no era necesario emplear inyecciones de material enfermo para combatir la difteria, que las buenas condiciones sanitarias, la higiene y el cambio del modo de vida bastarían para vencer esta y otras enfermedades. Y así fue. En la década de 1900 era cada vez más el número de personas que se habían dado cuenta de que la clave de la derrota de las enfermedades infecciosas humanas como el cólera y la fiebre tifoidea era una vida más sana que además conseguía que la muerte y la mordidez de las enfermedades cuando se producían no fueran tan elevados si se ayudaba la constitución humana.
Y las condiciones sanitarias y la higiene no eran los únicos elementos de la sociedad que estaban experimentando cambios. También empezaron a mejorar las brutales condiciones laborales de una sociedad en la que miles de mujeres trabajaban largas horas en talleres y fábricas por unos salarios de miseria, sin ninguna legislación laboral ni sindicatos, con salarios insuficientes que las condenaban a la inseguridad permanente y a la complementación con la prostitución... cosa que además hacía que perduraran las enfermedades de transmisión sexual.
Surgieron asociaciones protectoras de las mujeres trabajadoras, grupos activistas, sindicatos y la prensa poco a poco forzaron cambios en estas condiciones laborales. Y los niños también se vieron beneficiados porque en años sucesivos en Inglaterra se fueron aprobando diversas leyes que poco a poco fueron aligerando las duras condiciones del trabajo infantil.
Esto escúchalo porque es alucinante. En 1802 la ley inglesa de salud y moral de los aprendices limitaba el trabajo de los niños en las fábricas de algodón a 12 horas. Niños de cualquier edad solo podían trabajar 12 horas y con esto mejoraban las condiciones laborales. Luego la ley de 1833 prohibía emplear a menores de 13 años durante más de 8 horas. Y también se prohibió que los niños de entre 13 y 18 años trabajaran más de 12 horas diarias. En 1842 se prohibió que en las minas subterráneas trabajaran mujeres y niños menores de 10 años. A partir de 1874 los niños de menos de 10 años ya no podían trabajar en las fábricas.
Y en 1852 Massachusetts aprobó leyes por las que se instituía la escolarización obligatoria con lo que los niños ya no podían estar trabajando, tenían que estar obligatoriamente en la escuela. Se establecieron regulaciones para mejorar el manejo de los alimentos. Por ejemplo, las panaderías que estaban situadas en los sótanos tuvieron que cerrar. También a principios del siglo XX se iniciaron campañas de bienestar infantil y los médicos visitaban a las madres para enseñarles a cuidar bien de sus bebés. Se publicaban boletines semanales con valiosos consejos sobre salud.
También apareció en escena una amplia diversidad de innovaciones tecnológicas que propiciaron unos cambios que juntos generaron una gran mejora de la salud. La electricidad, la refrigeración, el transporte, el inodoro y diferentes avances científicos impulsaron a las sociedades occidentales hacia mejores sanidad y salud, así como una forma de vida mucho menos estresada. El mundo occidental había pasado de la miseria y el sufrimiento al que hoy conocemos como nuestro mundo moderno. Y la medicina en general y las vacunas en particular contribuyeron muy poco a esta transformación.
A partir del verano de 1897 la viruela, por ejemplo, pasó de provocar la muerte de uno de cada cinco de sus víctimas a provocarla a uno de cada 50, y más adelante a solo uno de cada 380. La tasa de mortalidad cayó rápidamente desde el 20% durante décadas anteriores hasta el 6% en 1897 y nada menos que hasta el 0,26% hacia 1908. No solo la viruela pasó a ser menos peligrosa. Desde mediados del siglo XIX hasta entrado el siglo XX la mortalidad por todo tipo de enfermedades infecciosas descendió. Las amenazas mortales en su día tan comunes poco a poco pasaron a ser cosas del pasado. Y a finales del siglo XIX era evidente que las mejores condiciones sanitarias combatían de forma importante las enfermedades bacterianas sin necesidad de ninguna vacuna.
Y hasta aquí el episodio de hoy. Espero que te haya aportado algún tipo de información que sirva para construir tu visión del mundo. Si llegas a leer el libro "Desvaneciendo Ilusiones" verás que es un libro muy riguroso, plagado de citas y de referencias. Y bueno, te emplazo a seguir esta saga dedicada a la industria y la salud donde iremos dilucidando los acontecimientos que nos han traído hasta el punto en que estamos.
Muchas gracias por escucharme. Gracias por estar participando en la comunidad de Telegram, por comentar el podcast en la plataforma en la que estés escuchándole, por darle me gusta, likes, estrellitas o lo que toque, por interesarte en la capacitación intelectual para empoderarte y autogestionar en tu vida también tu salud de la mejor manera posible. Por apoyarme anímicamente, económicamente. Gracias. Y bueno, nos encontramos en el próximo programa y que hasta entonces tengas muy buenos días y muy buenas noches. Hasta la próxima.